Sociedad
Todavía se oyen, pero por cuánto tiempo
Los sujetos de este silencio son las rapaces nocturnas —la lechuza de rostro fantasmagórico, el diminuto autillo que parece un tronco, el mochuelo regordete de ojos amarillos—, criaturas que fueron nuestras vecinas en desvanes, iglesias y viejas buhardillas.
Su significado ecológico es colosal: son las controladoras de plagas por excelencia, ingenieras del equilibrio que devoran ratones, topillos e insectos sin necesidad de venenos. Pero la realidad que captura este reportaje sonoro es demencial: la lechuza común ha descendido un 35% en doce años y ha perdido el 43% de su área de distribución.
El mochuelo europeo está en peligro, con una población que ha bajado más de la mitad en dos décadas. El autillo ha desaparecido del 20% de su territorio. Los detalles de la degradación son una letanía de atrocidad silenciosa: mueren atropelladas, electrocutadas en tendidos, envenenadas por pesticidas que eliminan su comida, o simplemente se quedan sin casas porque restauramos iglesias y tapamos sus huecos. Esta no es una crónica de ornitología. Es la banda sonora del colapso ecológico, el eco de un mundo que se vacía mientras nosotros dormimos.
Una noche sin lechuzas se conecta directamente con la del elefante solitario en la basura o el ballenato desorientado: todos son síntomas del mismo tsunami extractivista. El modelo agrícola industrial, con sus monocultivos y pesticidas, convierte el campo en un desierto verde donde no quedan ratones ni insectos, y por tanto, no quedan rapaces.
Las causas raíz son claras: la intensificación agraria, el abandono de la arquitectura rural tradicional, las carreteras que atraviesan territorios sin pasos de fauna, los tendidos eléctricos letales. Pero hay algo más profundo: la desaparición de la noche misma. La contaminación lumínica, esa intrusa silenciosa, desorienta a estas aves y les roba la oscuridad que las protege.
Y mientras tanto, el búho real —el superdepredador oportunista que come de todo, desde conejos hasta peces— es la única especie que crece. Porque se adapta a los parques urbanos. Porque tolera al humano. Incluso tres búhos reales revolucionaron el Retiro de Madrid. Pero su éxito no compensa la pérdida de las otras. Es como si la naturaleza nos enviara a sus soldados más duros mientras sus poetas mueren.
El impacto ecológico es devastador: sin lechuzas ni mochuelos, los roedores proliferan y se usan más rodenticidas, que envenenan a las propias rapaces que quedan y entran en la cadena trófica humana. Es un círculo vicioso de veneno y muerte. Pero el impacto moral es existencial. ¿Qué clase de civilización celebra la modernidad mientras sus noches se quedan mudas? Perder la voz de la lechuza no es solo perder un controlador de plagas. Es perder un símbolo, un misterio, un escalofrío ancestral. Es convertir el campo en un estudio de grabación vacío. Y aún así, queda un espacio para la esperanza realista. En parques urbanos y periurbanos aún se escuchan autillos y cárabos. El cárabo común se mantiene estable. Programas como Noctua de SEO/BirdLife llevan 25 años reuniendo 55.000 registros. Centros como Brinzal recuperan 300 rapaces nocturnas al año y educan sobre cómo convivir con ellas: "En la ciudad hay que aprender a vivir con la naturaleza", dicen. Podemos instalar cajas nido, reducir pesticidas, soterrar tendidos, restaurar edificios respetando sus huecos. No es imposible.
Terminemos con una pregunta que debería resonar en cada tractor, cada ayuntamiento y cada dormitorio con ventana al campo: cuando salgas esta noche y escuches silencio en vez del ulular de la lechuza, ¿sabrás que lo que falta no es solo un pájaro, sino una parte de tu propia humanidad? Porque los humanos llevamos 10.000 años compartiendo la noche con estas aves. Han sido nuestras aliadas, nuestras vecinas, nuestras musas del terror y la belleza. Que las estemos borrando del mapa no es un daño colateral. Es un crimen cultural, ecológico y espiritual. Y lo peor de todo es que, cuando desaparezcan del todo, ni siquiera recordaremos que hubo una época en la que la noche tenía voz. Todavía se oyen, dice el título. Pero por cuánto tiempo. Sal, escucha, y luego actúa. O el último grito que oigas será el tuyo de impotencia.








