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03/12/2018 | 09:56hs
•POL√ɬ≠TICA

Eufórico por el G20, Macri apuesta a reconciliarse con la clase media y relanzar su gestión

 Más allá de los avances logrados con el documento final que prevé acuerdos en los espinosos temas del comercio y el medio ambiente; más allá de las reuniones bilaterales que impulsarían inversiones por hasta u$s30.000 millones; más allá de una buena organización del evento global más importante a nivel político, siente que tuvo una victoria política.



La comunicación oficial destacó el "fin del aislamiento" internacional y marcó el contraste entre el rol de Macri y el que cumplía Cristina Kirchner
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Por Fernando Gutiérrez

 

Para empezar, se logró que en los medios del mundo se hablara de la cumbre de líderes y no de choques violentos entre manifestantes y policías en las calles de Buenos Aires. Las manifestaciones de protestas fueron relativamente pequeñas y bajo control, y hasta quedaron como algo de pequeña magnitud en comparación con los incidentes violentos de los “chalecos amarillos” que en ese mismo momento se producían en París.

Por otra parte, los aeropuertos funcionarios sin problemas, operados por personal civil, sin que fuera necesario recurrir a la policía aeroportuaria que se había entrenado ante la contingencia de una medida de fuerza gremial.

El llanto emocionado de Mauricio Macri en la noche de gala del Teatro Colón fue, acaso, la síntesis perfecta de lo que ha significado este evento para el Gobierno: una mezcla de alegría por el reconocimiento internacional, de alivio porque ninguna de las predicciones negativas se cumplió y, sobre todo, porque el G20 le permitió una reconciliación con su base de apoyo político.

Macri fue consciente desde el comienzo respecto de la oportunidad que le daba este evento. Ya en su discurso de apertura tuvo frases que, más que para sus colegas, parecían destinadas al público argentino. Como la alusión a que la Argentina abandonaba su aislamiento internacional, una crítica implícita al kirchnerismo y su política exterior.

El mismo concepto fue reafirmado en la conferencia de prensa final, cuando Macri dijo que Argentina “está conectada al mundo como nunca antes en su historia”.

Todo lo que rodeó a Macri –las frases, los gestos, los saludos efusivos con los mandatarios y hasta el ya legendario llanto del Colón- conformaron una estrategia de comunicación política que cumplió a la perfección el guión. Se quería mostrar a Macri como un estadista, un político a la altura de un evento global, con la suficiente estatura como para “chicanear” al resto de los líderes del G20 y reclamarles que la reunión no fuera anodina sino que debía marcar la agenda mundial para la próxima década.

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La comunicación a cargo de Presidencia fue elocuente en ese sentido. Al inicio de la cumbre, se difundió en televisión un spot en el cual se explicaba por qué era importante el G20 y, sobre todo, su realización en Argentina.

Luego, en las redes, las cuentas de Presidencia y la del propio Macri fueron difundiendo mini entrevistas a los líderes quienes, mirando directamente a cámara, decían lo bien que se sentían en Buenos Aires, reconocían el efectivo liderazgo de Macri y dispensaba elogios varios.

Y, al cierre del G20, otro video mostraba al Presidente siendo aplaudido por los líderes y recibiendo efusivas felicitaciones y muestras de afecto. El mensaje no podía ser más claro: Argentina volvió a ser protagonista global.

Una inyección de optimismo para la tropa propia
En definitiva, todo apuntó a reforzar el vínculo con un sector de la clase media que constituyó desde el inicio la base de apoyo político del PRO, y que en los últimos meses había manifestado una desilusión con el macrismo.

Un repaso a las redes sociales basta para entender cuál es el estado de ánimo entre los líderes de opinión: hay un clima de reconciliación, cierta sensación de orgullo nacional recuperado.

Y, sobre todo, abundaron los recordatorios entre el contraste de estilo entre Macri, con su imagen de líder “world class”, y el de Cristina Kirchner, de tono agresivo y rebelde, que en sus participaciones en el G20 siempre marcaba discursos de tono crítico hacia las potencias. Y, una vez más, se habló de la corrupción a la hora de negociar inversiones extranjeras: “Nosotros tenemos las manos limpias y está todo claro”, dijo el Presidente.

Macri apostó a un cambio drástico y cree que eso le dará rédito político interno. Lo dejó en claro en su conferencia de prensa de cierre, cuando dijo: “Todos los líderes mundiales nos dicen lo mismo, que las reformas que estamos emprendiendo son las correctas, que este es el camino”.

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El mensaje implica un reconocimiento a los problemas internos y al costo social del ajuste recesivo, pero refuerza la promesa de la recuperación sostenible. Y apela directamente al factor emocional, a la recuperación del optimismo y del orgullo nacional. Casi como si lo ocurrido fuera un recordatorio para los votantes de Cambiemos sobre por qué le habían dado el voto: se puso de relieve otra vez la antinomia entre “ellos y nosotros”.

Entre los miles de frases que confirman esta percepción, se destaca la del diputado Waldo Wolf, quien escribió en Twitter: “La grieta es entre los que festejan cuando algo sale mal y los que nos emocionamos cuando algo sale bien. Fuerza Presidente”.

En Cambiemos se piensa ya en la elección de 2019, y este G20 implica una inyección de entusiasmo para una “tropa propia” que venía alicaída por la sucesión de malas noticias en la economía y por el desplome de la imagen de Macri ante la recesión y el aumento de la presión impositiva.

Ahora, el relanzamiento de la gestión
Aunque todavía es temprano para afirmalo, ya hay cierto consenso sobre que el G20 marcará un punto de inflexión en la gestión macrista, una oportunidad de relanzamiento.

El analista Jorge Asis observó con agudeza que el llanto de Macri en el Colón podía tener en el Gobierno un efecto comparable al que tuvieron los festejos del Bicentenario para Cristina Kirchner.

“Con la húmeda emoción del final, El Ángel Exterminador conmovió a su electorado hasta el exterminio. Desde el beso de la señora Juliana en el debate con Scioli que no se registra un hallazgo escenográfico de semejante magnitud. Felicitaciones”, escribió en su cuenta de Twitter.

Y el comentario da en el clavo: realmente Macri logró reconectar con su electorado en un plano emocional, algo que hasta ahora le había costado, y que hace recordar al tipo de conexión emocional que lograba Cristina Kirchner con su militancia cuando, con su vestido negro de luto, lloraba en los actos públicos.

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Sugestivamente, la ya famosa escena del Colón fue subida a las redes sociales por las cuentas oficiales y por el propio Macri, todo un reconocimiento de la potencia de esa imagen.

“Lo que tienen que saber Urtubey, Massa, La Doctora y Manzur, es que el macrismo va a utilizar las postales del G 20 -con el llanto presidencial- para el relanzamiento. Similar al festejo del bicentenario que en su momento aireó al kirchnerismo”, agregó Asis, en una advertencia a los principales dirigentes del peronismo.

Los próximos días, entonces, estarán marcados por ese cambio de ánimo. El momento actual se emparenta con la euforia que vivía el macrismo el año pasado en el momento inmediatamente posterior a la victoria en las elecciones legislativas.

En esa oportunidad, Macri había sentido que era el momento de aprovechar la autoridad política refrendada en las urnas para anunciar una ambiciosa agenda de reformas estructurales, que abarcaban desde el tamaño del aparato estatal hasta el funcionamiento de la justicia, pasando por los capítulos del sistema previsional, la legislación laboral y los impuestos.

Lo cierto es que aquella euforia fue de vuelo corto. No llegó a durar dos meses, dado que a fin de año los violentos disturbios frente al Congreso, en pleno debate por la fórmula de reajuste jubilatorio, sirvieron como recordatorio sobre lo difícil de emprender reformas en la Argentina. Y más tarde, el célebre anuncio del 28 de diciembre en el que se intervino de hecho al Banco Central, inició la turbulencia financiera que marcó todo el 2018.

Ese antecedente deja en claro cuál es el desafío del macrismo para las próximas semanas: lograr que la inyección de optimismo –y hasta de triunfalismo electoral- perdure en el tiempo y no se disipe cuando la evidencia de la dura recesión vuelva a pesar sobre el humor de los argentinos.

De momento, hay argumentos contundentes para el escepticismo. Después de todo, los gestos de simpatía del G20 no necesariamente garantizan una mejora económica inmediata. Eso quedó en evidencia con la actitud de los jefes de los fondos de inversión: en sus entrevistas con los funcionarios argentinos, les dieron su apoyo ante las medidas tomadas, pero lo cierto es que los bonos argentinos han visto caer sus precios, sobre todo los que tienen vencimiento después de 2019.

Macri parece apostar a transformar la debilidad en virtud: lejos de minimizar la magnitud de la crisis, quiere aprovecharla para ensalzar los fundamentos de su gestión. No por casualidad, durante toda la cumbre del G20 se encargó de agradecer a las potencias por su apoyo para lograr que el Fondo Monetario Internacional diera la ayuda financiera más grande de su historia.

El machacar en ese punto devela la estrategia comunicacional: dar a entender que sólo un presidente que logró codearse y hablar de igual a igual con Donald Trump y Xi Jinping puede garantizar una salida a la crisis.




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