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14/04/2013 | 22:36hs
•EL MUNDO

Máxima, entre la obsesión por la intimidad y las fotos pautadas

Protagonista de una increíble historia de amor, en pleno siglo XXI la argentina Máxima Zorreguieta encontró a su príncipe azul. Pero no todo es color de rosa: no faltan intrigas palaciegas, internas políticas, traiciones, renuncias, problemas con la prensa, sacrificios y una descarnada lucha por el poder. Aquí, un extracto del último capítulo del libro "Máxima, una historia real", que acaba de reeditarse.

 

Aquella mañana en que un informante de la torre de control le avisó al fotógrafo Francisco Bedeschi que el príncipe de Holanda y su novia argentina habían llegado al aeropuerto de Bariloche, algo cambió para siempre en la vida de Máxima. Bedeschi se subió a su auto e intentó rastrear qué rumbo habían tomado las tres camionetas 4x4 a las que se subieron los pasajeros del avión privado. Con un par de llamadas telefónicas, pronto descubrió que transitaban por ruta nacional 258. Los alcanzó y los siguió, a prudencial distancia. Pasaron El Bolsón, y se desviaron más adelante hacia Cholila. Hicieron unas pocas compras en el pueblo y siguieron hacia el lago, por un camino de montaña, hasta la hostería El Pedregoso. Bedeschi dejó su auto en el bosque, un kilómetro antes. Iba vestido solo con una remera, pero llevaba todo su equipo de fotografía en el bolso. Lo esperaba un largo día, tal vez una larga noche. Pasaría frío. Pero sabía que podía lograr una gran foto. Era cuestión de tener paciencia y encontrar un buen lugar de observación.

Era el 31 de diciembre de 2000, aquel día de Año Nuevo, Máxima ya había perdonado a Willem Alexander por su encuentro con una ex novia.

Bedeschi se refugió tras un gran tronco caído, a unos 80 metros de la hostería. Desde allí, su panorámica hacia el ventanal principal del salón comedor era ideal. Vio como doña Chela les servía las exquisiteces patagónicas que ella misma había preparado, mientras él saciaba el hambre con galletitas saladas que había comprado a la mañana para su hijo. Cada tanto, apretaba el obturador de su Nikon con el enorme teleobjetivo puesto. Retrató a Máxima, a Willem Alexander, a María Pame, a Coqui, a Martín. Pero todavía no tenía esa foto que quería. Sabía que faltaba poco para el momento crucial. Doña Chela sacó los platos y sirvió el postre. Willem Alexander destapó el champán. Bedeschi miró su reloj: las doce menos diez. Se preparó. Probó la luz. Cambió el rollo. A las doce en punto, escuchó los gritos, los saludos. Siguió a Máxima por la mirilla, que se acercó al príncipe y le dio un largo beso en la boca. El fotógrafo disparó: tenía la foto.

Aún hoy, esa imagen del primer beso registrado entre Máxima y Willem Alexander vale miles de euros. Y le valió a Máxima el primer reto importante de los custodios de la imagen real holandesa.

Su novio le decía que ella no tenía la culpa, que no estaba acostumbrada a esas cuestiones. Pero Máxima se sentía responsable, porque esa foto había sido sacada en su país, en una excursión planificada por ella. Comprendió que su vida ya no volvería a ser la misma. Que ya era era una personalidad pública. Que los fotógrafos y los periodistas la seguirían adonde fuera.

Efectivamente, Máxima Zorreguieta se había convertido en una de las mujeres más buscadas por los paparazzi del mundo entero.

Aprendió la lección. Y desde entonces sigue al pie de la letra cada instrucción de protocolo de la Casa Real. Sabe que en la Argentina es un blanco fácil porque suele estar más expuesta. Entonces, cuando llega con su familia para pasar una temporada acuerda una jornada fotográfica en Villa La Angostura para que después la dejen tranquila. Se sabe: quien rompa ese pacto no será invitado a ninguna otra sesión.

El encuentro es, cada vez, en El Messidor, el viejo palacete a orillas del Nahuel Huapí que pertenece a la provincia de Neuquén; allí estuvo presa Isabelita Martínez de Perón luego del golpe de Estado del 76. Por los mismos jardines que fascinaban a la ex presidente, Máxima camina, juega y posa para decenas de fotógrafos, junto a sus hijas y su esposo, en pretendidas escenas de cotidianeidad familiar.

Durante el invierno del 2009, un fotógrafo de la agencia estadounidense Associated Press (AP) rompió el pacto y también siguió a Máxima y a su hija Amalia mientras paseaban por el centro del pueblo. La Casa Real hizo la denuncia y un tribunal holandés multó a la agencia por violar la intimidad de la familia real, según el código preestablecido entre la Corona y la prensa, que fija pautas y reglas que en cualquier otro país bien podrían ser interpretadas como censura. AP se defendió aduciendo que las fotos habían sido tomadas en la Argentina, donde la ley ampara esas imágenes que mostraban a personas públicas en lugares públicos. Pero no hubo vuelta atrás. Y AP perdió también su derecho a las concurrir a las siguientes sesiones oficiales.

Cada vez que Máxima arriba a Buenos Aires, sea en visita oficial o privada, el control sobre la prensa se vuelve, extrañamente, un poco más laxo. Una señora con singular acento telefonea a los tres o cuatro paparazzi que suelen seguir los pasos de la princesa y les da las coordinadas por donde ella se moverá. “A las cinco de la tarde irá a hacer compras al supermercado de la calle Suipacha”. “A la mañana se encuentra con amigas en la cafetería del hotel Alvear”. “Saldrá a mirar vidrieras por avenida Santa Fe”.

Los fotógrafos que reciben esas llamadas son, justamente, quienes más respetan la intimidad real. Quienes no molestan ni se acercan demasiado. Quienes comprenden que una vez que termina ese momento, ya no deben seguirla. Esas fotos, de la Máxima mundana, que compra lechugas o compara precios en una boutique, recorren luego el mundo. Y afianzan la imagen de esa princesa distinta, de esa mujer argentina que se parece, de alguna forma, a tantas mujeres del mundo. Esa voz misteriosa -y que ningún fotógrafo conoce en persona ni sabe a quién responde ni como obtiene su información- es también la que cada tanto avisa que María Pame, mamá de la futura reina, está haciendo footing con amigas por Palermo. Y es la que alertó el 5 de febrero de 2013 que Jorge Zorreguieta tomaría el colectivo 152, un retrato de austeridad que salió en todos los diarios de Holanda justo unos días después de que se anunciara la abdicación de la reina Beatrix.




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http://www.sintesiscorrientes.com/notix/noticia/15288_maxima_entre_la_obsesion_por_la_intimidad_y_las_fotos_pautadas-1.htm